El poder del padre para potenciar a sus hijos

Sep 25, 2018 | Artículos

El poder del padre para potenciar a sus hijos

Si te encuentras con un buen amigo en la calle y te pregunta: ¿cómo estás?, ¿cómo vas con tu hijo?, es muy probable que tu respuesta demuestre tu actitud frente a tu paternidad en este momento. Por ejemplo, se podría responder: “bien… eso creo”, lo que muestra indiferencia; “mal, ese muchacho la embarra cada rato, me tiene desesperado”, respuesta que evidencia victimismo; “uy no me hables de eso, está llegando a la adolescencia y con esos amigos que tiene…”, lo que denota estrés, o “excelente, ha tenido algunas dificultades, pero realmente tiene una capacidad enorme…” que muestra positivismo.

 

Una actitud positiva tiene como característica principal el amor al hijo por lo que este es. Esto quiere decir que ¿un padre que tenga una de las otras tres actitudes no ama a su hijo?… no exactamente. Diría que lo ama a su manera, es decir, es un amor donde el centro es el padre, ama desde su perspectiva. Este estilo de paternidad se ha heredado de una estructura patriarcal que, como menciono en mi libro Ser padre, ¿cuestión de poder? “se fundamenta principalmente en un poder masculino sobre la mujer y los hijos; el hombre es el punto de referencia, es el centro hacia el que están dirigidas todas sus acciones como padre”. En este estilo, el padre tiene un poder sobre el hijo, lo que se manifiesta a su vez, en la forma de ejercer la autoridad, la afectividad, la crianza, etc.

Un poder para…

Amar a los hijos por lo que ellos son, hace parte de un nuevo poder del padre, “no como superioridad u opresión, sino como posibilidad, la posibilidad que tiene el padre de ayudarle a su hijo a realizarse lo mejor posible. En este caso, la paternidad gira alrededor del hijo” (Cano, 2017, p. 65), y se asume un nuevo poder para el hijo, consecuencia de una entrega amorosa.

Esto implica que el padre será mejor padre, amará más a sus hijos, en la medida en que tenga más posibilidades para darles a sus hijos. Estas posibilidades las expresa Tomás Melendo en su libro Todos educamos mal… pero unos peor que otros, al hablar de los tres principios de todo educador: amor a los hijos, amor mutuo y enseñar a querer.

El poder de dar lo mejor a los hijos

El primer principio, amor a los hijos, se expresa según el autor en “querer efectiva y eficazmente su bien, el de cada uno de todos ellos” (Melendo, 2011, p.35). Esto implica que el padre deberá reconocer en su hijo su ser persona, su singularidad, sus cualidades para así poder ofrecerle el mayor bien que pueda. No se trata de que el padre trate de darle lo que cree que necesita el hijo, es preciso centrarse en la persona del hijo para darle lo que este requiere realmente.

Dentro de los bienes a los que se puede aspirar están los bienes físicos, los psicológicos y los espirituales. Los primeros hacen referencia a todos los bienes materiales o físicos, tales como las posesiones o la salud. Bienes que los padres que paternan desde un enfoque patriarcal, valoran en gran medida, ya que para dichos padres la proveeduría económica se ve como su función principal y en algunas ocasiones hasta como su única función.

Los bienes ubicados en el segundo nivel tienen que ver con los bienes afectivos o cognitivos. En una estructura patriarcal, dar cariño a los hijos o ser tierno con ellos, puede demostrar debilidad y pérdida de autoridad, por lo que estos padres no suelen acariciar, abrazar o besar a sus hijos. Sí en cambio se puede dar que se preocupan mucho por el estudio de sus hijos, sin embargo, lo pueden ver como una forma de “ser alguien” en la vida, lo que equivale a la adquisición de bienes materiales para vivir mejor o más cómodamente, con lo que no estarían enfocándose en el estudio por amor al conocimiento sino por la utilidad que comporta. Situación que se observa cuando un padre le prohíbe a su hijo, cursar una carrera o unos estudios que no le signifique un buen ingreso económico.

Los principios, las virtudes y todo lo que tenga que ver con la trascendentalidad del ser humano hacen parte del tercer nivel de los bienes. Bienes que no se quedan en la persona sino que se orientan a los demás. Este tipo de bienes son los más perfectos, ya que obtenerlos no depende de cosas o situaciones externas. Desde una estructura patriarcal son bienes muy valorados y están sustentados en referentes muy claros, es decir, el padre enseña a sus hijos la vivencia de valores y principios sólidos para la vida. Sin embargo, para estos padres se considera más importante el acto que manifiesta ese valor, que el valor en sí mismo, tratando de imponerlo de maneras que pueden llegar a violentar la libertad del hijo.

Ahora bien, no se puede dar un bien que no se posee, lo que significa que para que el padre pueda dar a sus hijos algún tipo de bien, este lo tiene que tener o por lo menos reconocer su importancia y estar luchando por obtenerlo, ya que si no es valorado este tipo de bien, ni siquiera se le va a ocurrir que su hijo lo necesite. De ahí la importancia de conocer muy bien a su hijo para ofrecerle el bien que requiera en ese momento y el que lo hará más feliz.

El poder de amar a su esposa

El segundo principio del que habla Melendo, es el amor entre los cónyuges: “la primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí (es decir, como esposos)” (p. 46). El padre por tanto, será mejor padre en la medida en que ame más a su esposa, cosa contraria en un estilo patriarcal, en el que se ve a la pareja como una posesión o como un competidor. Asumiéndose la paternidad o la maternidad sin referencia una de la otra, en la que se mezcla una lucha de poder que divide la familia.  Vivir este tercer principio, implica por tanto, dejar de pensar como uno para pasar a pensar como dos, como un equipo: cosa que solo es posible en la entrega amorosa.

El poder de enseñar a amar

Enseñarle a los hijos a querer, es el tercer principio que nombra Melendo, ya que amar “es la actividad más propia y que más perfecciona a cualquier persona y, como consecuencia, la que los hará feliz” (p. 49). Y este tercer principio se manifiesta primeramente en el ejemplo que el padre da de amor a su esposa, ya que el primer amor que los hijos conocen es el de sus padres, y por lo tanto será el principal punto de referencia para amarse y amar a los demás.

Así pues, no se puede pretender ser un buen padre sin una actitud positiva como se expuso al principio. Por tanto, el buen padre solo puede dar el mayor bien a sus hijos, amar a su esposa y enseñar a los hijos a amar, si se percibe en él una inmensa paz que se manifiesta en la alegría en el actuar, fruto de una aceptación y entrega amorosa, a sus hijos y a su esposa.

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